INTRODUCCIÓN

El debate es siempre el mismo: deportistas de élite, ¿son el resultado de una genética portentosa o de determinación y entrenamiento?






Cuatro segundos. Según como se mire, y tal vez para la mayoría de cosas, es nada. Y en cambio, en deportes es un abismo. El que separa al primer corredor del último en una prueba. El que otorga un podio. El necesario para encestar un tiro y llevarse el partido.



“Tienen talento deportivo”. Un atleta excelente ¿nace o se hace?. Esa cualidad difícil de definir se traduce en “una mayor capacidad de mejorar”. Es la finísima línea que separa al manacorense Rafa Nadal de muchos otros excelentes tenistas; o a Ona Carbonell de otras tantas excelentes nadadoras de sincronizada. Es el ingrediente mágico de la excelencia deportiva. Una especie de don que “tiene un componente genético, pero también psicológico y de entorno”.


Los entrenadores son también piezas clave en el camino de un deportista hacia la excelencia. Como ocurre con los maestros en la escuela, son los responsables de estimular a los atletas y sacar lo mejor de ellos. Los deportistas llegan a la élite porque tienen un buen equipo detrás, un entrenador que diseña el mejor plan de entrenamiento para sacar lo mejor de ellos, que sabe motivarlos, que les comunica pasión. Sin eso, no hay superatleta que valga.


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